“Dejar la escuela fue mi perdición y la peluquería me devolvió la vida”

Carpintería. Es otro de los talleres que se dictan en Bouwer. Se fabrican muebles par dependencias públicas y se forman carpinteros.

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“Dejar la escuela fue mi perdición y la peluquería me devolvió la vida”

Gustavo Rómolli tiene 35 años, de los cuales pasó 12 en distintas prisiones del Servicio Penitenciario de Córdoba.

Estuvo en Bouwer, en Cruz del Eje y finalmente en Monte Cristo, un lugar privilegiado, como él mismo describe.

Después de tres etapas distintas en prisión dice haber hecho el clic, por un lado porque comprendió que quería dejar de perderse cosas que sucedían afuera, y por el otro, por encontrar en la peluquería un oficio que le permite vivir.

“En la cárcel, hacer los talleres es ser menos, el que estudia o hace un oficio queda como un boludo, un salame. Te dicen que deberías haberlo aprendido en la calle”, explicó Gustavo, quien compartió esa visión durante sus dos primeras privaciones de la libertad.
Incluso, dice que la misma concepción tenía afuera, cuando veía que los que trabajaban ganaban en una semana lo mismo que él en algunas pocas horas.

“Ahora lo veo –trabajando en su peluquería de barrio Patricios– y pienso que no soy un tarado, soy el vivo que trabaja, está en su casa, se levanta a la mañana en su cama, está tranquilo, tiene su plata y no está encerrado perdiéndose de todo. Estoy con mi familia todos los días, y no una vez por mes. Ver a tu mamá llegar y al rato irse cuando estás preso es… no se puede explicar”, dice con la voz quebrada, y ruega no volver a ese recuerdo.

Alfarería. Los internos aprenden a realizar todo el proceso de producción artesanal. Es un oficio que no requiere luego gran inversión.

Para una persona como Gustavo –ex-preso por robo– la resocialización no es nada fácil, como tampoco lo es conseguir trabajo. Para lograrlo, él remarca que no sólo fue necesaria su decisión, sino también la ayuda de su familia y la vista puesta en lograr tener su propia peluquería.

Él mismo se encarga de aclarar que la decisión de abandonar la escuela fue su condena, porque eso lo alejó de la contención familiar que hoy volvió a tener, casualmente o no, con su título de secundario bajo el brazo tras su última reclusión.

“De chico, estaba acostumbrado a que mis viejos me dieran todo, y cuando dejé el secundario no me dieron más. Entonces, empecé a necesitar plata y busqué la forma más fácil, que era robar. Me metía en casas, a veces con armas”, agregó.

“Las dos primeras veces que caí preso no me dolieron, en cambio en esta me perdí de un montón de cosas, me di cuenta de que quería dormir en mi casa, ver crecer a mis sobrinos, pasar la Navidad y los cumpleaños con ellos”, apuntó.

Como un consejero experimentado en lo que no hay que hacer, Gustavo menciona que recientemente recibió en su peluquería a un chico que acababa de salir de prisión y no tenía dinero para cortarse el pelo. Le contó que no podía conseguir trabajo y que cuando le hacía falta plata es cuando salía a robar.

Él se encargó de aconsejarlo, recomendarle adónde ir y qué puertas tocar.

Aprovechar la oportunidad de abandonar la delincuencia no sólo requiere de una voluntad personal, aunque es necesaria.

Gustavo lo hizo gracias a su padre que lo ayudó a levantar las paredes de su peluquería, y a los amigos y familiares que le consiguieron trabajos cuando salió de prisión.

Levanta la mirada y explica: “Cuesta mucho conseguir un trabajo, la sociedad no da esas oportunidades y no cree que se pueda cambiar. Para la Justicia, yo soy un multirreincidente, así aparece si pido un certificado, pero pude cambiar. Me perdí 12 años y no quiero perderme más; voy a aprovechar todo lo que me quede”.

Fuente: http://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/dejar-la-escuela-fue-mi-perdicion-y-la-peluqueria-me-devolvio-la-vida